Noam Chomsky sobre Trump "Es muy ventajoso para el mundo de los negocios fomentar el odio hacia los burócratas pedantes del gobierno" Entrevista - Laberintos del Tiempo

Noam Chomsky sobre Trump "Es muy ventajoso para el mundo de los negocios fomentar el odio hacia los burócratas pedantes del gobierno" Entrevista




El 8 de noviembre de 2016, Donald Trump logró la mayor sorpresa en la historia política de EE. UU. aprovechándose con éxito del enojo de los votantes blancos y recurriendo a las inclinaciones más bajas de la gente de una manera que probablemente hubiera impresionado al mismísimo propagandista nazi Joseph Goebbels.

Pero ¿qué significa exactamente la victoria de Trump? ¿Qué podemos esperar de este megalómano cuando tome las riendas del poder el 20 de enero de 2017? ¿Cuál es —si es que acaso tuviera— la ideología política de Trump? ¿El «trumpismo» es un movimiento? ¿La política exterior del gobierno de Trump será diferente?

Años atrás el intelectual Noam Chomsky advirtió que el clima político en EE. UU. estaba propiciando el ascenso de una figura autoritaria. Ahora comparte sus reflexiones sobre las consecuencias de esta elección, el estado agónico del sistema político estadounidense y sobre por qué Trump constituye una amenaza real para el mundo y para el planeta en general.

C.J. Polychroniou :  Noam, ha sucedido lo impensable. Desafiando todos los pronósticos, Donald Trump consiguió una victoria decisiva sobre Hillary Clinton y el hombre que Michael Moore describió como un «miserable, ignorante, peligroso payaso a tiempo parcial y sociópata a tiempo completo» será el próximo presidente de Estados Unidos. Según su mirada, ¿cuáles fueron los factores decisivos que llevaron a los votantes estadounidenses a causar la mayor sorpresa en la historia política del país?

Noam Chomsky : Antes de referirme a esta cuestión, creo que es importante dedicar un momento a pensar qué pasó el 8 de noviembre, una fecha que quizás se convierta en una de las más trascendentes de la historia humana, dependiendo de cuál sea nuestra reacción.

No es una exageración.

La noticia más importante del 8 de noviembre pasó casi inadvertida, un hecho en sí mismo significativo.

Ese día la Organización Meteorológica Mundial (OMM) presentó un informe en la conferencia internacional sobre cambio climático de Marruecos (COP22), que fue solicitado para hacer avanzar el acuerdo de París de la COP21. La OMM informó que los últimos cinco años fueron los más cálidos de los que se tenga registro. Detalló el aumento del nivel del mar, que pronto crecerá como consecuencia de la inesperada rapidez del derretimiento de la capa de hielo polar, principalmente de los enormes glaciares antárticos. Ya en estos momentos el hielo del océano Ártico de los últimos cinco años es un 28 % inferior al promedio de los 29 años anteriores, lo que no solo eleva el nivel del mar, sino que también reduce el efecto de enfriamiento que produce el reflejo en el casquete polar de los rayos solares, lo que acelera los efectos nefastos del calentamiento global. La OMM señaló además que las temperaturas se acercan peligrosamente a la meta establecida por la COP21, junto con otros informes y pronósticos alarmantes.

Otro suceso ocurrió el 8 de noviembre, que también puede llegar a tener una inusitada importancia histórica por razones que, otra vez, pasaron casi inadvertidas.

El 8 de noviembre en el país más poderoso de la historia hubo una elección que dejará su marca en el futuro. El resultado otorgó el control total del gobierno —el Ejecutivo, el Congreso y la Corte Suprema— a manos del Partido Republicano, que se ha convertido en la organización más peligrosa de la historia mundial.

Dejando a un lado la última parte, el resto no está en discusión. Esa última parte puede resultar disparatada, hasta escandalosa. Pero ¿en verdad lo es? Los hechos sugieren lo contrario. El partido está dedicado a apresurar tan rápido como sea posible la destrucción de la vida humana organizada. No existen precedentes históricos para esa postura.

¿Es una exageración? Tengamos en cuenta lo que hemos presenciado.

Durante las primarias republicanas todos los candidatos negaron que esté pasando lo que está pasando, con la excepción de sensatos moderados como Jeb Bush, que dijo que hay problemas, pero que no tenemos que hacer nada porque estamos produciendo más gas natural, gracias al fracking . O como John Kasich, que estuvo de acuerdo en que el calentamiento global es una realidad, pero agregó que «vamos a quemar carbón en Ohio y no vamos a pedir disculpas por ello».

El candidato ganador, ahora presidente electo, ha llamado a aumentar rápidamente el uso de combustibles fósiles, incluyendo el carbón; eliminar regulaciones, retirar la ayuda a países en desarrollo que busquen generar energías sostenibles y, en general, correr a toda prisa hacia el precipicio.

Trump ya ha tomado medidas para desmantelar la Agencia de Protección Ambiental (EPA) al poner a cargo de la transición a un conspicuo (y orgulloso) negacionista del cambio climático, Myron Ebell. El principal asesor de Trump en energía, el multimillonario ejecutivo del petróleo Harold Hamm, anunció sus predecibles expectativas: eliminación de regulaciones, recortes fiscales para la industria (y para los ricos y el sector empresario en general), mayor producción de hidrocarburos, levantamiento del veto temporario de Obama al oleoducto de Dakota Access. El mercado reaccionó con rapidez. Las acciones de las empresas de energía se dispararon, incluyendo a la minera carbonífera más grande del mundo, Peabody Energy, que se había declarado en quiebra, pero que después de la victoria de Trump registró un alza del 50 %.

Las consecuencias del negacionismo republicano ya se habían hecho sentir. Había esperanzas de que el acuerdo de París de la COP21 condujera a un tratado verificable, pero se abandonaron porque el Congreso republicano no aceptaría ningún compromiso vinculante, por lo que solo surgió un acuerdo voluntario, evidentemente mucho más débil.

Esas consecuencias podrían empezar a vivirse con mayor intensidad muy pronto. Solo en Bangladesh se espera que decenas de millones de personas se vean forzadas a escapar de las tierras bajas en los próximos años debido al ascenso del nivel del mar y a condiciones climáticas más graves, lo que generará una crisis migratoria que hará palidecer a la actual. Con bastante justicia el climatólogo más destacado de Bangladesh dice que «estos migrantes deberían tener el derecho de mudarse a los países de donde provienen las emisiones de gases de invernadero. Millones deberían poder ir a los Estados Unidos». Y hacia las otras naciones que aumentaron sus riquezas mientras originaban una nueva era geológica, el Antropoceno, caracterizada por una transformación radical del medio ambiente a manos del ser humano. Estas consecuencias catastróficas no harán más que aumentar, no solo en Bangladesh, sino también en todo el sur de Asia, a medida que las temperaturas, ya de por sí intolerables para los pobres, crezcan inexorablemente y se derritan los glaciares himalayos, lo que pondrá en peligro todas las reservas de agua. En estos momentos en India unos 300 millones de personas carecen de acceso al agua potable. Y las repercusiones tendrán un alcance mucho mayor.

Es difícil encontrar las palabras que den una dimensión exacta al hecho de que los humanos están enfrentando la pregunta más importante en su historia, que es si la vida humana organizada sobrevivirá como algo parecido a lo que conocemos, cuando la respuesta es acelerar la carrera al desastre.

Observaciones similares se pueden hacer de otros de los grandes temas concernientes a la supervivencia humana: la amenaza de la destrucción nuclear, que ha estado presente desde hace 70 años y que ahora está en aumento.

No es menos difícil encontrar palabras para explicar el hecho tan sorprendente de que en la enorme cobertura informativa del gran espectáculo electoral nada de esto recibió más que simples menciones. Al menos a mí me cuesta encontrar las palabras adecuadas.

Regresando a la pregunta formulada, para ser precisos al parecer Clinton obtuvo una leve mayoría de los votos. La evidente y categórica victoria se relaciona con aspectos curiosos de la política estadounidense: entre otros factores, el Colegio Electoral, un remanente de la fundación del país como alianza entre distintos estados; el sistema «todo para el ganador» en cada estado; la manipulación de los distritos electorales para dar mayor peso a los votos rurales (en elecciones anteriores y quizás también en esta, los demócratas habían logrado una ventaja cómoda en el voto popular para la Cámara de Representantes, pero una minoría de escaños); la tasa elevada de abstencionismo (por lo general cercana a la mitad en elecciones presidenciales, incluida esta). Tiene cierta importancia para el futuro que en el rango de 18 a 25 años Clinton ganó con facilidad y que Sanders tuvo incluso un nivel mayor de apoyo. De cuánto interese todo esto dependerá el futuro que la humanidad enfrente.

Según la información disponible, Trump batió todos los récords en apoyo recibido de votantes blancos, clase trabajadora y clase media baja, en particular en el rango de ingresos de 50.000 a 90.000 dólares, rural y suburbano, sobre todo de aquellos sin educación universitaria. Estos grupos comparten el enojo que circula en todo Occidente contra la clase dominante, como revela el voto imprevisto por el brexit y el colapso de los partidos de centro en la Europa continental. Muchos de los enojados y resentidos son víctimas de las políticas neoliberales de la anterior generación, políticas descritas en testimonio ante el Congreso por el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, o «San Alan», como lo llamaban con reverencia economistas y otros admiradores, hasta que la economía milagrosa que él supervisaba se estrelló en 2007-2008 amenazando con derrumbar a la economía mundial con ella. Tal como explicara Greenspan durante sus días de gloria, el éxito en el manejo de la economía estaba basado esencialmente en la «inseguridad creciente de los trabajadores». Los trabajadores atemorizados no pedirían aumentos salariales, beneficios o seguridad, sino que estarían satisfechos con sueldos estancados y menores beneficios que son pautas necesarias para una economía sana de acuerdo a los estándares neoliberales.

Los trabajadores, sujetos de estos experimentos de teoría económica, no están demasiado contentos con el resultado. Por ejemplo, no están llenos de alegría por el hecho de que en 2007, en el mejor momento del milagro neoliberal, el salario real de los obreros era más bajo que en años anteriores o que el salario real de los trabajadores varones esté a niveles de 1960, mientras las ganancias espectaculares han ido a los bolsillos de unos pocos en la cima, una fracción del 1 %. No como resultado de las leyes del mercado, de logros o merecimientos, sino a raíz de decisiones políticas concretas, asunto estudiado en detalle por el economista Dean Baker en un trabajo de reciente publicación .

La suerte del salario mínimo pone de manifiesto lo que ha estado pasando. Durante el período de crecimiento alto e igualitario de los años cincuenta y sesenta, el salario mínimo —que establece un piso para los demás salarios— acompañó a la productividad. Eso terminó con la llegada de la doctrina neoliberal. Desde entonces, el salario mínimo se ha estancado (en valores reales). Si hubiera continuado como antes, ahora estaría cerca de unos 20 dólares la hora. Hoy se considera una revolución política que se eleve a 15 dólares.

Con todo lo que se habla sobre el casi pleno empleo actual, la participación de la fuerza laboral se encuentra por debajo de lo que era la norma. Y para los trabajadores existe una gran diferencia entre un trabajo estable en la industria con salarios fijados por sindicato más beneficios, como era en años anteriores, y un trabajo temporario con escasa seguridad laboral en el sector de servicios. Además de los salarios, beneficios y seguridad hay una pérdida de dignidad, de esperanza en el futuro, de un sentido de pertenencia al mundo y en el que uno desempeña un rol valioso.

El impacto está bien capturado en el trabajo de Arlie Hochshild , un retrato sensible y esclarecedor de un reducto de Trump en Luisiana, donde vivió y trabajó durante muchos años. Ella utiliza la imagen de una fila en la que las personas están paradas, esperando avanzar a paso firme mientras trabajan con empeño y se atienen a todos los valores tradicionales. Pero su posición en la fila se ha detenido. Adelante de ellos ven que hay gente que avanza, pero eso no los aflige demasiado porque ese es el modo en que el «estilo estadounidense» recompensa el (supuesto) mérito. Lo que les causa una angustia verdadera es lo que sucede detrás de ellos. Creen que la «gente indigna» que no «cumple las reglas» se adelanta a ellos gracias a los programas del gobierno federal que equivocadamente ven diseñados para beneficiar a los afroamericanos, inmigrantes y otros que rechazan con desprecio. Todo esto se ve exacerbado por las ficciones racistas de Reagan sobre las «aprovechadoras de la asistencia social» que le roban a la gente blanca el dinero que tanto les costó conseguir y otras fantasías.

A veces la falta de explicaciones, una forma de desprecio en sí misma, juega un papel en fomentar el odio al gobierno. Una vez conocí a un pintor de casas en Boston, que se había vuelto un opositor feroz del «diabólico» gobierno después de que un burócrata de Washington que no sabía nada sobre pintura organizara una reunión de pintores contratistas para informarles que no podrían usar más pintura con plomo —«la única que funciona»— como ellos lo hacían, pero el tipo de traje no lo entendió. Eso destruyó su pequeña empresa, forzándolo a pintar casas por su cuenta con elementos de mala calidad que le impusieron las élites gubernamentales.

En ocasiones existen algunas razones reales para estas actitudes contra las burocracias estatales. Hochschild describe a un hombre cuya familia y amigos sufren amargamente los efectos letales de la contaminación química pero que desprecia al gobierno y a las «élites liberales» porque para él la EPA es un tipo ignorante que le dice que no puede pescar, pero no hace nada contra las plantas químicas.

Estas son solo muestras de las vidas reales de los seguidores de Trump, a quienes les hicieron creer que Trump hará algo para remediar su difícil situación, aunque una simple mirada a sus propuestas fiscales y de otro tipo demuestran lo contrario y plantean una tarea para aquellos activistas que aspiran a rechazar lo peor y a avanzar hacia cambios que se necesitan con desesperación. Encuestas a pie de urna revelan que el apoyo apasionado a Trump estaba inspirado ante todo en la creencia de que él representaba el cambio, mientras que Clinton era percibida como la candidata que perpetuaría su desamparo. El «cambio» que Trump probablemente traiga será perjudicial o peor, pero es comprensible que las consecuencias no estén claras para personas aisladas en una sociedad atomizada que carece del tipo de asociaciones (como los sindicatos) que puedan educarla y organizarla. Esa es una diferencia crucial entre la desesperación actual y las actitudes en general optimistas de muchos trabajadores ante penurias económicas mucho peores durante la Gran Depresión de los años treinta.

Existen otras razones para el éxito de Trump. Estudios comparativos muestran que la doctrina de la supremacía blanca ha calado más hondo en la cultura estadounidense que en la sudafricana y no es ningún secreto que la población blanca está en declive. En una o dos décadas se proyecta que los blancos serán minoría dentro de la fuerza laboral y no mucho más tarde una minoría de la población. La cultura conservadora tradicional es también percibida bajo ataque a causa del triunfo de las políticas identitarias, considerada algo secundario por élites que solo sienten desprecio por los «estadounidenses trabajadores, patriotas, religiosos y con verdaderos valores familiares» que ven como el país que conocen se desvanece frente a sus ojos.

Una de las dificultades de aumentar la sensibilidad pública ante las amenazas graves del calentamiento global es que el 40 % de la población en EE. UU. no entiende que eso sea un problema, ya que Jesucristo regresará dentro de unas pocas décadas. Un porcentaje similar cree que el mundo se creó hace unos miles de años. Si la ciencia entra en conflicto con la Biblia, tanto peor para la ciencia. Sería difícil encontrar algo comparable en otras sociedades.

El Partido Demócrata abandonó cualquier preocupación real por los trabajadores en los años setenta y, por lo tanto, fueron arrastrados a las filas de sus más acérrimos enemigos de clase, que al menos simulan hablar su mismo idioma: el estilo campechano de Reagan haciendo bromas y comiendo dulces; la imagen cuidadosamente cultivada de George W. Bush como un tipo común que uno se puede cruzar en un bar, al que le encantaba cortar la maleza de su rancho con 40° de calor y sus más que probables fingidos errores de pronunciación (es inverosímil que haya hablado así en Yale); y ahora Trump, que hace de portavoz de gente con quejas legítimas, que no solo perdieron sus trabajos, sino también un sentido de autoestima personal, y que denuncian a un gobierno que perciben ha socavado sus vidas (no sin razón).

Uno de los grandes logros del discurso hegemónico ha sido desviar el enojo desde la clase empresarial hacia el gobierno que implementa los programas que los empresarios planifican, como los acuerdos de protección de los derechos de inversores y empresas que de manera constante y errónea son llamados «acuerdos de libre comercio» por los medios y comentaristas. Con todas sus fallas, el gobierno está en cierta medida bajo el control e influencia del pueblo, a diferencia del sector empresarial. Es muy ventajoso para el mundo de los negocios fomentar el odio hacia los burócratas pedantes del gobierno y quitar de la mente de la gente la idea subversiva de que el gobierno podría convertirse en un instrumento de la voluntad popular, un gobierno de, por y para el pueblo.

Entrevista tomada de la web: http://www.truth-out.org/

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